JensVoightYElBidónDeAgua


Jens Voigt tiene la edad de mi hermano. Era un ciclista de esos que monta en bicicleta.

Como ya he comentado en otras ocasiones, sabréis que los ciclistas a los que admiro son aquellos a los que considero irrepetibles. El bueno de Jens nunca fue un ganador y sin embargo seguramente es de entre todos ellos el más genuino. Su historia es tan sencilla como su carrera, es la de un bidón de agua que se le cayó mientras iba subiendo un puerto.

Nunca llegué a competir con Jens, aunque coincidimos en una misma temporada como profesionales. Las pruebas que él disputó ese año fueron las de un aprendiz con lustre, por su físico desbordante. Por mi parte, elegí las de un veterano en retirada, más pendiente de mi futura vida una vez cesara el motor de mi bicicleta, que del ciclismo en sí.

Jens nació en la otra Alemania, en la gris; la de las fábricas y la política que colmaba los menguados platos de comida. Un lugar donde no se entendían las ventajas de la competición ciclista, al tratarse de un deporte para profesionales, ataviados con miles de marcas publicitarias en sus maillots. Recuerdo, con mi memoria parcelada, que los de la otra Alemania vivían únicamente para las olimpiadas, el máximo exponente donde mostrar su supremacía. La competición por encima de todo, a cualquier precio; una pelea extrema porque su himno de opereta resonara en las conciencias del capital. No puedo negar que aquello no fuera emotivo. En el fondo, el deporte es una inmensa paleta de emociones de colores. A Jens aquello le pilló de refilón, imagino.  Por su edad vería caer el muro, y así deslizaba su carrera profesional entre la élite cubierta de publicidad.

Comenzó a rodar por Francia, entre el Loira, la lavanda, varios castillos de cartón-piedra y sus míticas montañas. A quién no le suena el Mont Ventoux, la Croix de Fer, el Tourmalet o el Alpe D´Huez. En este último, precisamente, fue donde Jens tiró su bidón de agua. Por lo que a mí respecta, nunca llegué a competir por aquellas cuestas. Sostuve mi profesionalidad en un equipo modesto, de esos que con ganar las metas volantes de la Vuelta a España era suficiente. Ni siquiera fui el elegido para ese cometido, aunque sí era el último corredor que preparaba las llegadas hasta ese hito puntuable de la etapa. Esta práctica gregaria la realizaba Jens a las mil maravillas, entre ciclistas de otro porte. En lugar de optar a premios secundarios, él se estrujaba para que otros obtuvieran la victoria final, en cualquier competición.

La complexión de Jeans le permitía remover al pelotón con cuatro relevos de esos en los que no se mira hacia atrás. Además, su presencia en las escapadas incomodaba, aunque igualmente sus enemigos ocasionales valoraban su honradez. Sucedió en Italia. Se escaparon, por ejemplo, veinte ciclistas. Según transitaban por las montañas, el grupo menguaba, hasta que Jeans se quedó únicamente con otro corredor. Faltaba por subir el último puerto y la distancia era tan holgada que era evidente que uno de los dos escapados ganaría. Jeans únicamente disponía de fuerzas suficientes para aguantar la rueda de su compañero, no obstante, como los buenos, escondía una carta en el bolsillo de su maillot. La victoria estaba en juego; el botín, conseguir una bonita etapa del Giro de Italia. A cien metros, Jeans se colocó a la altura de su rival. Levantó el cuerpo para iniciar el sprint, posiblemente en dos pedaladas podría conseguir la victoria. Pero en lugar de forzar ese movimiento, se sostuvo de pie. Miraba al otro ciclista. Se volvió a sentar en el sillín. Palmeó la espalda de su compañero y dejó de dar pedales. Esa fue su carta escondida. No merecía aquella victoria. Jeans entró segundo. Los amantes de la competición se echaron las manos encima de sus competitivas cabezas. Sacrilegio. Un ciclista que no compite, dijeron. Un ciclista, pienso yo.

Me imagino que esta anécdota anticompetitiva fue una de entre tantas que hacía que Jeans fuera un ciclista querido. Se paseaba por el control de firmas entre saludos, autógrafos y abrazos. Los líderes querían tenerle a su lado, su fuerza y lealtad le hacían el mejor gregario.

Llega el final.


En una de sus últimas carreras tiene la oportunidad de escaparse con otros tantos corredores, como en la escapada antes citada. La montaña provoca mal de altura a más de uno y en el último puerto se quedan sólo dos corredores, Jeans es uno de ellos. Este puerto es especial, es el más mítico de todos, y por serlo, ni es el más empinado ni el más largo, pero posee una virtud escondida que le hace popular más allá del ciclismo. Es el Alpe D´Huez. La montaña sin retorno. Las no sé cuántas curvas marcadas con sus ganadores y Jeans puede ser uno de ellos. En esta ocasión sí da relevos, incluso alguno de más, que le podría privar de la victoria. Más atrás de la escapada nadie ataca. Ellos dos, cerca de la cumbre, se respetan. Quedan dos curvas, 600 metros. La gente, expectante, impide el paso. Igual que los ciclistas, algunos compiten por tener el privilegio de agobiar a sus ídolos. Jeans se levanta, con dos pedaladas podría conseguir la victoria. Vuelve a sentarse, echa mano del bidón de agua. No queda nada. Tira el bidón. Por error, mira hacia atrás para ver dónde cae el dichoso bidón. Alguien arrebata del suelo el objeto a un niño que se queda llorando por haber perdido esa oportunidad. La carrera va tan deprisa que Jens no es consciente totalmente de lo que ha sucedido. Vuelve a levantarse. Con dos pedaladas podría conseguir la victoria. Sin embargo, su compañero, atento a lo que sucedía, le basta con una aceleración. Si no hubiese mirado hacia atrás. Ve marcharse por delante la ilusión de la victoria, su nombre grabado en una curva. Quizá piensa en su retirada. Inconscientemente, frena. Desajusta el pedal de la cala. Sitúa su bicicleta del revés. Desciende unos metros. Se acerca hacia la persona que cogió su bidón y se lo pide amablemente. Una vez lo tiene, busca entre los espectadores al niño que pretendía ese preciado objeto. Se lo entrega. Le toca su cabeza. Vuelve a situar la bicicleta hacia la meta. Suena la cala al justarse con el pedal. Jeans va camino de la meta. Durante esos metros, la gente aplaude con rabia al poderoso alemán, como harán con los siguientes ciclistas, incluidos los últimos. A su paso se escucha una opereta orquestada, propia de otro tiempo en el que quizá ni la publicidad ni las citas olímpicas eran realmente importantes. Y es que en el deporte, en ocasiones, el triunfo no es sólo para el que llega el primero, por muy fantástico que nos parezca, o así nos lo hayan contado. 

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